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Mi futuro se me antoja muy sombrío, pero esto no supone para mí motivo alguno de preocupación. Del mismo modo me comporto en lo que respecta a mi pasado; en general, lo olvido con mucha rapidez, y sólo las transformaciones y la consolidación del carácter me muestran, de cuando en cuando, que fui yo mismo el que ha vivido aquello que pasó. Viviendo de esta forma, acaban por sorprendernos, sin que los podamos comprender, los cuadros de nuestra propia evolución. No ignoro que esto tiene sus ventajas, ya que también la constante meditación y el examen atento pueden llegar, a menudo, a ser un obstáculo para las manifestaciones ingenuas del carácter, pues con facilidad dificultan su desarrollo. A decir verdad, me parece que un seguimiento riguroso sólo es molesto en apariencia, y que su influencia sólo es negativa durante un cierto tiempo. Y si no, piénsese en un soldado de infantería que temiera olvidar por completo la facultad de caminar porque se le conmina a que sepa elevar el pie conscientemente y a que no pierda de vista sus errores. En realidad, eso sólo depende de que se forje en él una segunda naturaleza, y así, seguirá caminando tan libremente como antes. Es muy fácil deducir la moral de esta fábula, y las páginas que siguen mostrarán que yo la he descubierto. Deseo observarme a mí mismo; pero para no comenzar con un escueto «hoy», prefiero adelantar algo sobre el transcurso de mis dos últimos años. ¡Dos años! ¡A esta edad! ¡Qué no absorberá el joven ser, qué no influirá mínimamente en sus actos!
En cuanto a Berlín, visitarla y juzgarla sin prejuicios no era algo que yo pudiera hacer en aquella época; en cambio, Sans-Souci y los alrededores de Postdam, cubiertos con el pintoresco ropaje que les proporcionaba el comienzo del otoño, ejercieron sobre mí una profunda impresión, que se avenía muy bien con mi estado de ánimo entristecido e insatisfecho. También el jardín del Teatro Victoria aparece ahora con suma claridad en mi recuerdo: sin apenas verde, los árboles pelados como colas de rata, los bancos y las sillas apilados de cualquier manera. Sobre la cúspide de las casas circundantes, los tenues rayos del sol otoñal y el cielo azul pálido en el que los tejados se recortaban con brusquedad... Nuestras conversaciones alimentaban también mi mal humor. Ahí estaban los sarcasmos del excelente Mushacke, sus agudos juicios sobre las altas instancias de la administración escolar, la cólera que le suscitaba el Berlín judío, sus recuerdos de la época de los jóvenes hegelianos... En definitiva, toda la atmósfera pesimista de un hombre que había visto muchas cosas entre bastidores que no dejaban de contribuir como renovados incentivos a mi estado de ánimo. Aprendí en esa época el placer de verlo todo negro, y eso porque entonces, contra mi voluntad, como yo creo, también la suerte se mostraba muy negra conmigo.
Era el 17 de octubre de 1865 cuando, junto con mi amigo Mushacke, llegué a Leipzig, a la estación de Berlín. Sin ningún plan preciso nos adentramos en el interior de la ciudad, donde nos causaron gran placer las torres de las casas, las callejuelas llenas de vida y la ferviente actividad que reinaba en todas partes. Después, a la hora de comer, entramos en el Restaurante Reisse (en la Mostergasse) para descansar un poco y, aunque el lugar no estaba exento de jóvenes vestidos con colores negro, rojo y gualda, encontramos allí una cierta tranquilidad. Aquí comenzó mi estudio del «Tageblatt», algo que después acostumbraba a hacer regularmente a la hora de comer. Aquel día tomamos nota de las ofertas de alojamiento, de todas aquellas habitaciones «decentes», o incluso «elegantes», con «gabinete», etc. Acto seguido comenzó nuestra peregrinación calle arriba, calle abajo, escalera arriba, escalera abajo, para ver todas las maravillas descritas, que, por lo general, encontramos muy mediocres, e incluso horribles. ¡Qué olores nos acogieron! ¡Qué exigencias de limpieza se atribuían ante nosotros! ¡Basta! Pronto estuvimos irritables y desconfiados y de esa guisa seguimos sin mucho interés a un anticuario, que alquilaba una vivienda que parecía ser de nuestra conveniencia. Cuando ya se nos estaba haciendo el camino demasiado largo y estábamos cansados, se detuvo en una callejuela lateral que llevaba por nombre Blumengasse. Entramos en una casa y, atravesando un jardín, en un edificio aledaño, nos enseñó un pequeño piso con salón y gabinete que nos causó una grata impresión de recogimiento y que se avenía muy bien para servir de alojamiento a un erudito. Enseguida nos pusimos de acuerdo en el precio; a partir de entonces viviría donde el anticuario Rohn, en el número 4 de la Blumengasse. Mi amigo Mushacke encontró una habitación en la casa de enfrente. Y, por cierto, como más tarde tuve múltiples ocasiones de comprobar, yo obtuve la mejor parte con la elección del alojamiento. Aquel día, tras la solución de nuestros negocios, fuimos al café vecino, donde ya envueltos por la brisa otoñal pero todavía al aire libre, tomamos nuestro chocolate de la tarde con los corazones palpitantes de expectación por ver lo que nos reservaría aquella nueva etapa de nuestra existencia.
Aquí quiero hacer una observación respecto a los cursos a los que he asistido. El hecho es que yo no poseo ningún cuaderno entero con los apuntes de algún curso completo, sino sólo pobres fragmentos de cada curso. Esta irregularidad mía me producía preocupación e intranquilidad, pero, finalmente, he aquí que también encontré la fórmula salvadora. En definitiva, la materia de la mayor parte de los cursos no me interesaba nada en absoluto, sino sólo la forma en la que el académico transmitía su sabiduría a los oyentes. Era el método lo que verdaderamente me apasionaba; por lo demás, no dejaba de extrañarme qué pocos conocimientos se imparten de hecho en la universidad, y cuánta estimación suscitan, a pesar de todo, los estudios universitarios. Entonces comprendí que la ejemplaridad del método, la manera de tratar los textos, etc, constituían precisamente el punto del que partía la irradiación capaz de ejercer tal efecto e influencia. De ahí que me limitase a observar cómo se enseñaba, cómo se transmitía el método de una ciencia al joven espíritu de los estudiantes. Procuraba ponerme siempre en el lugar de un docente académico y, así, desde este punto de vista, dedicaba mi aplauso o mi censura a los esfuerzos de nuestros profesores. De este modo, pues, me apliqué mucho más en aprender cómo se llega a ser un maestro, que en aprender los contenidos que normalmente se enseñan en las universidades. En esto me alentó y animó siempre la certeza de que nunca me faltarían los conocimientos que han de exigírsele a un docente académico, pues confío en la particularidad de mi propia naturaleza, la cual, por su peculiar impulso y siguiendo su propio sistema, se sabe dignificada por la capacidad de aprender todo cuanto es digno de saberse. Hasta ahora mi experiencia ha confirmado bien tal confianza. Es mi propósito convertirme en un docente verdaderamente práctico y, sobre todo, despertar en los jóvenes aquel juicio y aquel razonamiento crítico que son indispensables para no perder nunca de vista, el porqué, el qué y el cómo de su ciencia.
No podrá negarse que esta manera de considerar las cosas comporta un elemento filosófico. El joven tiene que entrar en ese estado de asombro que se ha denominado el filñsofon p‹yow kat ƒ¤zox¯n [el pathos filosófico por excelencia]. Una vez que la vida se ha mostrado ante él como algo enigmático, tendrá que atenerse, conscientemente pero con severa resignación, a aquello que es posible conocer y, en esta amplia comarca, llevar a cabo su elección proporcionalmente a sus capacidades. Por el momento deseo contar cómo he llegado a este punto. Aquí aparecerá, pues, por primera vez en estas páginas, el nombre de Schopenhauer.
Este éxito tan favorable me proporcionó un día el valor suficiente para llevarle a Ritschl mi trabajo tal como estaba, en folio y plagado de anotaciones marginales. Se lo entregué tímidamente en su propia mano, en presencia de Wilhelm Dindorfs. Más tarde supe cuán desagradables y embarazosos eran para Ritschl tales compromisos. En definitiva, aceptó el trabajo, tal vez influido por la presencia de Dindorfs. Unos días después me mandó llamar. Me observó pensativamente y me invitó a tomar asiento. «Qué piensa hacer usted con este trabajo?» -me preguntó. Yo respondí, obviamente, que el trabajo, una vez que había sido utilizado como base para una conferencia de nuestra asociación, había cumplido ya su propósito. Entonces me preguntó mi edad, cuánto tiempo llevaba estudiando y demás, y, cuando le hube respondido a todo, declaró que jamás había visto en el trabajo de un estudiante de tercer semestre tamaño rigor científico ni tal seguridad combinatoria. Seguidamente me animó calurosamente a reelaborar la conferencia para hacer de ella un opúsculo, prometiéndome toda clase de ayudas. Después de tal escena, me encontraba exultante de orgullo. Aquella tarde, el grupo de amigos dimos un paseo hasta Gohlis; hacía un tiempo agradable y soleado, y la felicidad me desbordaba. Finalmente, ya en la posada, cuando nos sentamos ante el café y unos buñuelos, no pude contenerme y conté a mis compañeros, que cayeron en un asombro exento de envidia, lo que me había sucedido. Algún tiempo anduve por ahí como en sueños; aquéllos fueron los días de mi nacimiento como filólogo, había sentido ya el aguijón de la fama, una fama que me era dado cosechar si seguía por aquel camino.
Hubo un miembro de mi entorno al que debió de impresionar especialmente lo que me había sucedido. Se trataba del joven Gottfried Kinkel, con quien, a partir de ese momento, tuve un contacto más estrecho. Tengo que decir algo sobre este tipo tan singular, un hombrecillo grácil, sin barba y rostro de anciano. A la vez, poseía una agilidad de movimientos que hacía pensar en un trato frecuente con mujeres, y una verdadera indiferencia y apatía británicas para con aquellas cosas de las que no quería darse por enterado. Pero aquello que, antes que cualquier otra cosa, causaba en él asombro era que, si bien vivía en modestas circunstancias y que, aunque como filólogo no se preocupaba más que de realizar un trabajo casi mecánico, veía las cosas de su entorno como a través de un cristal de aumento, sobre todo a sus amigos. Si comenzaba a describir a uno de nosotros, en seguida nos veíamos transformados, para nuestro regocijo, en seres hiperbólicos. En definitiva, ése era su carácter, y seguro que también él disfrutaba con el esplendor de sus propias creaciones. Nos visitábamos con frecuencia, interpretábamos música juntos y nos perdíamos en conversaciones sobre los propósitos de la filología. Él, que tenía siempre presentes los principios políticos de su padre; él, que de vez en cuando pronunciaba conferencias en asociaciones obreras, deseaba a toda costa que en el fondo siempre existiesen fines políticos, mientras que yo, más acorde con mi naturaleza, representaba la digna impersonalidad de la ciencia. Mas de repente cambió su opinión, tomó mi mano derecha y juró que, desde aquel momento, viviría según mis principios. Nuestro trato con él era un compuesto de respeto, lástima y asombro. Tenía siempre preparados para la imprenta sus pequeños trabajos filológicos, pues él los consideraba obras maestras. Yo sabía que además escribía poemas, y si no me hubiera declarado con firmeza en contra de toda esa poetería juvenil, a menudo hubiera querido presentarme sus creaciones. Suelo datar el surgimiento de la autoconciencia en un joven en el momento en que arroja sus poemas a la estufa, cosa que yo también hice en Leipzig, en conformidad con esta opinión. ¡Paz a esas cenizas!
Aprovecho la ocasión para aportar algo sobre otras personas que también estuvieron en contacto conmigo. El primero que se me ocurre es Hüffer, quien, continuamente y de la manera más sorprendente, tanto importunó y embromó a nuestros dos conocidos Romundt y Wisser, que se granjeó en cuerpo y alma la enemistad del segundo y la amistad del primero. Un hombre de gran talento, al que la naturaleza le había privado del don del talle, que se dedicaba con entusiasmo a las bellas artes, especialmente a la música, traducía hábilmente del francés y, puesto que poseía muchas capacidades, nadaba en contra de la corriente literaria, observándola con suma tranquilidad. Siempre estábamos en desacuerdo sobre cuestiones musicales; en particular, nunca nos cansábamos de discutir sobre la importancia de Wagner. Tengo que admitir ahora, en retrospectiva, que su sensibilidad y su juicio musical eran mucho más finos y, además, eran más sanos que los míos. Pero entonces yo no lo veía así, y sentía dolorosamente su modo incondicional de contradecirme. Por otra parte, ofendía fácilmente con sus maneras desenvueltas. Así, por ejemplo, una vez que ambos estábamos invitados en casa de la familia Ritschl, Hüffer aposentó su ancha figura sobre un sillón y, como éste crujiera a causa de aquél peso tan inacostumbrado, exclamó alegremente: «¡Oh, éste no es koscher!», una palabra que, sin duda alguna, debió de molestar a la señora Ritschl, judía bautizada. Algo parecido sucedió un día cuando en uno de los palcos delanteros del teatro de Leipzig conversábamos libremente sobre una cantante a cuya actuación habíamos tenido ocasión de asistir el día anterior. Alabamos su canto, pero tanto más nos disgustaba su cara, que era de una fealdad extraordinaria y cuyas particularidades Hüffer se encargaba de describir a voz en grito. Qué impresión cuando una dama que se encontraba tres pasos delante de nosotros se volvió tranquilamente y se encaró, encaramos precisamente con aquél rostro de fealdad extraordinaria, con su público censor. Disgustados por haber herido tan gratuitamente a alguien, no mejoramos la situación cuando, tras la función, le enviamos unas flores con la inscripción: «Rosas para el ruiseñor». Un hábil sirviente al que habíamos encomendado el encargo nos entretuvo después, mientras cenábamos en el jardín italiano, con el relato de cómo había dado con la dirección de la dama en cuestión. Desde el día en que Ritschl había valorado tan favorablemente mis papeles sobre Teognis, mi relación con él se volvió mucho más estrecha. Casi dos veces por semana iba a visitarle al mediodía y siempre lo encontraba dispuesto a mantener una conversación seria o de carácter más distendido. Generalmente, se encontraba sentado en una mecedora y leía el diario de Colonia, que, debido a una vieja costumbre, seguía leyendo junto al de Bonn. Sobre la mesa, cubierta como de costumbre por una montaña de papeles, había un vaso de vino tinto. Cuando trabajaba se servía de un asiento que él mismo había tapizado sacando el relleno de un cojín que le regalaron y cosiéndolo encima de un taburete de madera olorosa que no tenía respaldo. En su conversación se mostraba libre de cualquier traba: la cólera contra sus enemigos, su disgusto por las circunstancias del momento, problemas universitarios, las manías de los profesores; todo lo expulsaba, así que puede decirse que era lo más opuesto a una naturaleza diplomática. También se mofaba de sí mismo, sobre todo de su escaso sentido de la nomía: por ejemplo, sobre el hecho de que, antiguamente, había escondido el dinero de su sueldo en billetes de 10, 20, 50 y 100 táleros dentro de los libros, para así poder alegrarse después cuando los volviese a encontrar. Que alguna vez, con el préstamo de libros, vinieran a crearse situaciones singulares, por las que diversos estudiantes pobres se encontraban con la sorpresa de un donativo por el que no estaba bien expresar gratitud ni acuse de recibo, era algo que nos solía contar su mujer y a lo que papá Ritschl no tenía más remedio que asentir con gesto avergonzado. En realidad, el celo con el que procuraba mostrarse útil a los demás era grandísimo; de ahí, la razón de que tantos jóvenes filólogos, aparte de la ayuda que le debían en los asuntos científicos, se sintieran también obligados para con él por el vínculo del afecto personal. Tendía, sin duda alguna, a sobrevalorar su propia disciplina y, en relación con esto, era contrario a que los filólogos se acercasen demasiado a la filosofía. Por el contrario, trataba que sus estudiantes encontrasen cuanto antes la utilidad de la ciencia a la que se dedicaban; para eso solía fomentar fácilmente la vena productiva de aquéllos. A la vez, se hallaba libre de todo credo científico, y lo que más le irritaba era la aceptación incondicional y acrílica de cualquiera de los resultados obtenidos. Una naturaleza completamente distinta descubrí en Wilhelm Dindorf. Un día, Ritschl me preguntó si no querría yo realizar un trabajo que sería de gran valor para la ciencia a cambio de unos atractivos honorarios. Le respondí que no me negaría en caso de que yo mismo pudiera sentirme bien pagado si aprendía algo de provecho. Entonces Ritschl me confió que el profesor Dindorf tenía mucho interés en la preparación de un nuevo índice de las obras de Esquilo, y que deseaba hablar conmigo al respecto. Por primera vez en mi vida me encontraba a punto de correr un gran peligro, a causa de alguien que sólo deseaba mi bien. Así es que, una tarde, me dirigí a casa de Dindorf. Al principio quisieron hacerme creer que el profesor no se encontraba en casa, pero una vez que dije mi nombre me permitieron entrar. Un hombre robusto de facciones apergaminadas y de una formal cortesía, con una personalidad que daba la impresión de estar pasada de moda y que, con su mirada fija e indagadora, tenía algo que invitaba a ponerse en guardia, me abrió la puerta y me condujo a una habitación amueblada al antiguo estilo francón. Ambos tratamos de ponernos de acuerdo sobre la tarea que yo tendría que realizar. Exigió que, por mi parte, yo le entregase una prueba previa, la cual le prometí. Más adelante, con ocasión de otras entrevistas y tras de que él conociera mi opúsculo sobre Teognis, comenzó a preocuparme su manera desenvuelta y desvergonzada de alabarme, de la misma forma que las opiniones que sostenía, que denotaban un profundo pesimismo, pero carente de ética; por otra parte, irradiaba un repugnante egoísmo mercantil. Su mercado con las conjeturas, la venta de sus ediciones aquí y allá a libreros ingleses y alemanes, y también su relación con el mal afamado Simonides, se me fueron haciendo cada vez más insoportables, por lo que al final me distancié por completo de él dejando que se me fueran de las manos todas las proposiciones que me había hecho. Finalmente, éste fue también el consejo de Ritschl, quien también había tenido que sufrir a causa de las desconsideraciones de Dindorf.
Más tarde conocí también al más declarado enemigo de Dindorf el famosísimo Tischendorf. Me habían sido confiados unos cuantos pergaminos de distintos siglos, entre los que también se hallaba un palimpsesto, pertenecientes al legado del profesor Keil, y se me había encargado, en interés de su viuda, que me informase de su valor. Aproveché esta ocasión para procurarme el acceso a un hombre que disfrutaba en el extranjero de un prestigio sin precedentes como representante de una ciencia específicamente alemana y que, por ese motivo, se veía mermada su reputación en el estrecho círculo de los eruditos alemanes. Supe con quién había de vérmelas cuando, una tarde, pregunté por él en una calle alejada, muy bella y tranquila. El «consejero áulico» se encontraba, sin embargo, ausente en aquel preciso momento, y yo habría sido despachado si no hubiera demostrado plausiblemente, tanto al sirviente como luego a la esposa, que el profesor tenía que estar a punto de llegar. Así conseguí introducirme en su cuarto de trabajo, en el que no logré descubrir nada que proclamase ostentosamente la sabiduría de su dueño; sobres de cartas y textos bíblicos en griego yacían por todas partes en gran cantidad. Contrariamente, podría haberse pensado en dar con una estantería conteniendo la opera omnia del gran hombre y con una vitrina en la que se custodiaran las innumerables órdenes y galardones con las que tantos príncipes y academias habían honrado al afortunado investigador. Cuando, poco después, apareció un hombrecillo ligeramente encorvado, de rostro fresco y enrojecido y cabello rizado de color negro, le expuse la cuestión que me había llevado hasta él, y que, quizá con razón, trató como si de una bagatela se tratara, dejando ver con ello dos rasgos de su carácter. Apenas había visto un pliego datado en el siglo IX, escrito en una ejemplar cursiva griega muy bella, cuando aseguró de forma rotunda que él poseía la parte que faltaba y que correspondía a ese mismo pliego, sin aportar la más mínima prueba de ello. Cuando después le indiqué algunas letras sueltas de otro pliego que sólo podían ser leídas con gran esfuerzo, él leyó, con sorprendente rapidez, en una parte en la que yo no acertaba a ver casi nada, una palabra que sólo se encontraba una vez en el Evangelio de San Marcos, y afirmó que, por lo tanto, ese hecho demostraría que nos hallábamos ante un fragmento de aquel Evangelio. Por mi parte, me regocijaba tanto aquel juego de ilusión como a él, quien a su vez, debía de enorgullecerle el poseer un specimen ingenii que parecía tan brillante. Mucho más confiado con esto, comenzó a mostrarme una gran cantidad de pliegos estupendos que despertaron aún más mi interés por el curso de paleografía que él tenía anunciado. Éste fue, en realidad, el curso que con más entusiasmo he seguido, a pesar de que en él no hubo ni método ni exposición sistemática alguna que pudiera aprenderse. Por eso, cabe preguntarse si en vez de «curso de paleografía» no habría que haberlo llamado mejor: «Recuerdos y experiencias de Tischendorf». En todo caso, este curso se hallaba revestido de un malditismo que, en un defensor de la teología tradicional, resultaba doblemente picante. Uno de los puntos más interesantes lo constituía la apasionada descripción en la que se incluían hasta los detalles más repugnantes del fraude de Simonides y su desenmascaramiento por Tischendorf. A pesar de la falta de principios en la exposición, la cantidad de comentarios y observaciones sueltas de las lecciones eran de incalculable valor para los amantes de la paleografía, porque, en definitiva, no ha existido ni existe un hombre que, como Tischendorf, haya leído bajo mirada tan perspicaz doscientos manuscritos griegos datados antes del siglo noveno, para estudiarlos con fines paleográficos. Poseía, a la vez, las pruebas y los modelos más codiciados de todo tipo de caracteres escritos y, además, era capaz de despertar nuestro deseo mediante la referencia a determinados tesoros ocultos Dios sabe dónde que aún quedaban por descubrir. Así, nos sedujo con un hermoso papiro, cubierto de largos fragmentos de Hornero, que se encontraba en manos de un inglés en Alejandría y que sólo debería entregarse al prometido de su hija, una dama de tez morena, ya no muy joven. También me contó algo sobre un palimpsesto de Nápoles que todavía no se había utilizado. Por su mediación, la universidad me permitió consultar palimpsestos aún no leídos que, sobre una escritura asiría presentaban caracteres del siglo séptimo. Entre estas casi treinta hojas descansaban los restos de un gramático griego que, al parecer, escribió una perÜ ôryografÛaw [tratado de ortografía]. He de decir, además, que también encontré aquí un fragmento de Hesíodo de tres palabras.
MEROENTA METEIXE MHDEA VS HSIODOS
En el trato privado, Tischendorf caía una y otra vez en accesos de una vanidad imperturbable e inocente. De lo que más orgulloso se sentía era de haberle caído en gracia al gran «devorador de alemanes», Cobert. «Los filólogos alemanes no comprenden nada, sólo tú eres un gran tipo». Cuando una vez Hermann quiso algo de él, Cobert ni siquiera le contestó. «Sin embargo, a mí me escribe ardientes cartas de amor». De esta manera hablaba de sus amigos, de cuya ignorancia en cuestiones de paleografía se mofaba cruelmente cuando la ocasión se lo permitía. La vanidad de Tischendorf era ofensiva y nauseabunda: tendríamos que decir, tras dos minutos de haberle conocido, que nos encontramos frente a un problema psicológico. En el cuadro de ese hombre hay varios rasgos disparatados: extremadamente inteligente y hábil, también diplomático y astuto, entusiasta, frívolo, extraordinariamente perspicaz en su especialidad, meticuloso hasta la desesperación en sus publicaciones, ingenuo, vanidoso sin medida, avaro, defensor fidei, cortés, especulador editorial... He aquí una postal multicolor de sus características. En cualquier caso una cux¯ poikÛlh [psicología variopinta].
Durante el segundo invierno que pasé en Leipzig me dediqué con intensidad a estudios de paleografía. Por mediación de Ritschl había obtenido acceso casi ilimitado a los tesoros manuscritos de la biblioteca áulica de Leipzig, donde, gracias a la amabilidad con la que me trataba el bibliotecario me sentía extraordinariamente bien. En la oscura sala de la Gewandhaus, en las horas del mediodía, me sentaba cómodamente a la gran mesa verde, con un manuscrito latino delante, quizá de Terencio, de Estacio o de Orosio. No menos atractivos me resultaban los enigmas de Adelmo, de los que descubrí múltiples y valiosas variantes. En un Códice de Orosio, del siglo XI, descubrí una especie de glosario que databa del mismo siglo y que contenía palabras alemanas, como por ejemplo: steof-vater, frosco snebal, rocchen (colo), etc. De entre la gran cantidad de obras antiguas impresas descubrí un Walter Burley que los registros bibliográficos ya no mencionaban: De vita philosophorum de Walter Burley, está catalogado como HLq en la biblioteca áulica de Leipzig, sin nombre de autor ni fecha, siete páginas de índice, dos columnas, cincuenta páginas de texto; sobre el número cincuenta, a la derecha, una columna de escritura gótica. La filigrana: También tengo que recordar aquí la extraordinaria amabilidad con la que me han tratado en todo momento los empleados de la biblioteca universitaria. Su comportamiento rememora la célebre gentileza y la amabilidad de los sajones, sin tener nada de su lado negativo. Estos hombres excelentes que a menudo tenían que sacrificar mucho tiempo y esfuerzos, atendían sin dilación todos mis pedidos de libros y nunca me mostraron el menor gesto de desagrado cuando, con mucha frecuencia y no pocas exigencias, me presentaba ante ellos. He de nombrar con particular agradecimiento al profesor Pückert.
En nuestra sociedad filológica he pronunciado cuatro conferencias importantes, que son:
Llegado a este punto, me doy cuenta de que en la narración de mi época de Leipzig salto de un lugar a otro sin un plan establecido, confundiendo tanto personas como semestres. Para mi propia orientación anotaré aquí, los puntos más sobresalientes de cada uno de los semestres en una lista.
I. Semestre. Octubre 1865 - Pascua 1866
II. Semestre. Pascua 1866 - Octubre 1866
III. Semestre
IV. Semestre. Pascua 1867 - otoño 1867
V. Semestre. Octubre 1867 - Pascua 1868
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